Tierna, definitivamente inacabada

26.2.2026 – 30.4.2026

maría amador
Julio Sánchez García
Bruno Delgado Ramo
Regina Rivas Tornés

María Amador y Julio Sánchez, Bruno Delgado y Regina Rivas, exponen por primera vez en la galería Espacio Derivado, entre el 26 de febrero y el 30 de abril de 2026, una serie de piezas vinculadas por la idea de hermandad y de proceso: de obra inconclusa, aunque ya inmersa en la fase terminal de su construcción. Una exposición colectiva y manufacturada en la que unas y otros proponen objetos, piezas que trascienden su origen y su porvenir mobiliario, superando su remota genética de bibelot y su querencia por el objet trouvé, para alcanzar el estatus de escultura o, quizá, la categoría de instalación. Una exhibición en la que unos y otras ofrecen imágenes que no pueden ser leídas al margen de qué las produce y de cómo son emitidas, ni sin considerar su sometimiento a las máquinas y al instrumental de proyección, o sin atender a la fractura de la luz y al sonido que producen los engranajes al girar y los celuloides al moverse. 

La secuencia, que no el conjunto arbitrario, de obras experimentales que contiene la exposición titulada Tierna, definitivamente inacabada, proyectada por José Joaquín Parra Bañón para el espacio discontinuo de la galería, propone una reflexión acerca de los conflictos entre lo que hoy las disciplinas estéticas consideran concluso (la obra madura que agoniza) y lo inconcluso (la obra germinal y eufórica). Y plantea, con hechos y a través de las frescas correspondencias que establecen las piezas caligráficas entre ellas, una cofradía de dudas acerca del proceso creativo como indeterminación, y de cuestiones acerca de qué es lo que puede ser o no ser considerado material artístico hacia el final del invierno de 2026, después de Joseph Cornell y de Thomas Bernhard. 

Fue Marcel Duchamp el que, cansado de la fatuidad de los medioambientes plásticos, aburrido de la conversación monográfica de los críticos y los marchantes, y hastiado del aire enrarecido de los museos y las galerías sin ventanas, dijo que daba su obra por definitivamente inacabada. Fue él quien hacia 1923, hace apenas cien años, consciente de que toda obra significativa estaba inconclusa, de que cualquier obra no era más que la expresión de un momento de pausa en el proceso de construcción de una pieza sin porvenir, afirmó que daba La novia puesta al desnudo por sus solteros por definitivamente inacabada, por eternamente finita y genitalmente indeterminada. Es la etimología y la arquitectura, son Fernando Pessoa (la «ternura de lo nunca acontecido») y María Negroni («así el estilo de la ternura»), los que al oxímoron duchampiano le anteponen la palabra ternura porque, según ellos y según el autor del proyecto expositivo, tierna significa más o menos lo mismo. 

Porque lo tierno es lo que se opone a ser duro y se resiste a estar muerto; porque tierno es el cuerpo que asume la forma que le imponen unas manos afectivas y tierno es aquello que nunca deja de desear: la novia a la que no se le agota la libido de transformación y el novio que ansía mantener a diario relaciones eróticas con lo que le da vida. Todas y cada una de las obras que componen la familia incestuosa que se cobija en la casa Tierna, definitivamente inacabada están, como se hace evidente cuando se les presta la minuciosa atención que precisan, tierna y definitivamente inacabadas. A todas las piezas, tanto a la caja como al artefacto, al álbum o a la película, les falta voluntariamente un tornillo, una puntada, una sutura, un lux, un beso, un búho, una última pincelada o desplazarse un centímetro más arriba, hacia la izquierda. O les sobra una línea, una palabra o un gesto. Todas tienen el ímpetu de lo incipiente y lo imprevisible, la lozanía y la ternura de la alloza y la belleza sutil de la incertidumbre.