Tocar el suelo
8.11.2025 – 16.12.2025
Elena Jones
En su nueva exposición, Elena Jones presenta un conjunto de tablaos concebidos como instrumentos de suelo. A diferencia del soporte tradicional del flamenco, estas superficies se construyen con fragmentos urbanos —baldosas sueltas, trozos de concreto, restos industriales— recolectados durante sus recorridos por la ciudad. Cada pieza condensa una geografía de hallazgos y resonancias. Sobre ellos, una bailaora activará la obra con su taconeo, inaugurando la muestra a través de un acto sonoro y corporal que convierte el suelo en partitura. La falda de la intérprete, impregnada de romero y otras hierbas aromáticas, liberará su perfume durante la acción, integrando el olfato al compás. El espacio expositivo se transforma así en una cámara sensorial donde el golpe, la vibración y el aroma producen un registro de escucha expandida.
El proyecto se inscribe en la investigación continua de Jones sobre la colaboración con músicos y la creación de sistemas de notación alternativos. En trabajos previos, la artista propuso partituras compuestas a partir de gestos —tirar un huevo, disponer objetos encontrados— que funcionaban como estructuras abiertas para la interpretación. Esta metodología desafía la obediencia técnica propia del oficio musical: invita a los intérpretes a participar en un ejercicio colectivo de improvisación, donde la música deja de ser reproducción fiel y se convierte en un acontecimiento compartido. En ese tránsito, se desdibujan los límites entre compositor e intérprete, y la creación se desplaza del control hacia la escucha atenta de lo imprevisto.
Elena Jones ha descrito su práctica como “la mirada que escucha”. Esa fórmula resume su impulso por otorgar jerarquía musical a lo que la percepción convencional descarta como ruido o residuo. Cada fragmento urbano que recolecta es tratado como materia sensible: su peso, textura y sonoridad definen la posibilidad de ser tocado. Tocar, para ella, es un método de conocimiento. No se trata solo de producir sonido, sino de reactivar el mundo desde el contacto. En esta atención al detalle mínimo —a la pobreza estética de un pedazo de pavimento, a la música de una superficie irregular— reside la radicalidad de su gesto.
Su investigación implica también una crítica a la jerarquía tradicional de los sentidos. Frente al predominio del oído y la vista en la historia del pensamiento musical, Jones convoca al tacto y al olfato como vías legítimas de composición. La experiencia estética no se disocia en estímulos aislados: el cuerpo entero participa del ritmo. Los tablaos no sólo son instrumentos, sino espacios de integración sensorial donde los espectadores son invitados a afinar su percepción y reconocer la musicalidad del entorno.
El acto de “tocar el suelo” adquiere, en este contexto, un sentido literal y conceptual. Al construir sus propios tablaos con materiales encontrados, Jones traduce la práctica flamenca a un lenguaje contemporáneo que combina la precisión rítmica del zapateado con la materialidad específica de cada superficie. Cada golpe del tacón produce un timbre distinto, una microgeografía sonora que remite a los lugares de procedencia de esos fragmentos. Esta atención al suelo, a lo que pisamos sin mirar, expone la dimensión compositiva del andar cotidiano. En cierto modo, todos somos intérpretes de un paisaje sonoro inadvertido: lo que la artista propone es aprender a escucharlo.
La exposición incluye también un conjunto de dibujos que prolongan esta investigación sobre la notación y la traducción del movimiento. Estas obras derivan de una coreografía registrada por la artista en una clase de flamenco impartida en Basilea, ciudad donde reside. Los trazos, ejecutados con gubia, funcionan como una partitura postergada: en ellos, la incisión en el papel se equipara al golpe del tacón sobre el tablao. El dibujo, más que representar, repite la coreografía. En este proceso, la traducción se entiende no como traslación a otro medio —de cuerpo a tinta— sino como una reiteración física del compás. La herida del papel conserva la energía del golpe, y el ritmo emerge del propio contacto. De este modo, la artista propone una notación táctil, inmediata, que no requiere conocimiento técnico previo para ser comprendida. Complementa esta sección una proyección en sala donde se muestra el video de la práctica coreográfica, subrayando la equivalencia entre grabar y aprender. Finalmente, los orificios perforados en la indumentaria fabricada para el acto inaugural —pensados para sostener las hierbas aromáticas— introducen un eco visual de los lunares que decoran las faldas de las bailaoras, gesto que prolonga su diálogo con la tradición y la convierte en materia viva.
La obra de Elena Jones persiste en una ética de la atención y en una estética de la escucha. Entre la intérprete, el material y el público, se construye una comunidad momentánea sostenida por el ritmo. Jones se mueve entre la figura de compositora, intérprete y lectora: una lectora del mundo que traduce su caminar en escritura musical. Sus tablaos son partituras abiertas donde el sonido y la materia se confunden, donde la precisión técnica del flamenco se encuentra con la fragilidad de lo encontrado. En ese punto de contacto —entre disciplina y hallazgo— la artista reimagina la música como una práctica de lectura y de cuidado.
Alan Sierra