170 minutos

03.10.2026 – 03.11.2026

Bea Corbalán

Cuanto más duermes, menos vives, decía mi abuelo Antonio, una sentencia aparentemente inocente pero que define una forma de entender el tiempo, la vida y la necesidad de permanecer despiertos ante aquello que sucede a nuestro alrededor.La prisa del día no se detiene cuando llega la noche, la invade, y el ritmo acelerado continúa en el silencio.

El sueño, que debería poner un límite al tiempo, se desvanece, y así, la noche se convierte en una espera interminable y buscamos en la tecnología nuevas maneras de abordar el insomnio y resolver aquello que nos desvela.

En 50 búsquedas (Principio), cincuenta camas de papel reproducen esa actividad nocturna de una mente que continúa conectada. Las camas conforman un sistema, una organización precisa del descanso, que se ve interrumpido por la impaciencia del quehacer. Recurrimos a nuestros dispositivos y convertimos nuestras inquietudes en tendencias de búsquedas comunes. Preguntas, la mayoría absurdas, que aparecen cuando ya no sabemos cómo detenernos.

Hoy confundimos la consumación de la vida con la mera abundancia de posibilidades. Sin embargo, una vida plena no puede determinarse cuantitativamente por el número de acciones realizadas, no es la suma de acontecimientos vividos, sino una totalidad dotada de sentido.

Si nuestro tiempo de ocio también lo cuantificamos, ¿durante cuánto tiempo miramos una obra de arte? Un estudio realizado en el Kunsthistorisches Museum in Vienna concluyó que el tiempo de permanencia mirando una obra de arte puede ser sorprendentemente breve: 4,3 segundos es la duración media de la mirada directa sobre una pintura. ¿Podemos aumentar esa mirada contemplativa?

En la pieza Más de 4,3 segundos (espacio intermedio), el lenguaje se convierte en una unidad temporal. Las palabras traducen el tiempo a unidades para poder contabilizarlo. Una obra utópica, utilizar el lenguaje para aumentar la permanencia, aquello que parece estar perdiéndose, la atención sostenida y el tiempo de lectura, se transforma en una posibilidad de demora. Nos detenemos y empezamos a contar: un Misisipi, dos Misisipi, tres Misisipi, cuatro Misisipi, cinco Misisipi. Cinco segundos.

Somos sujetos del rendimiento y nuestro afán es aumentar la productividad con la idea de que “podemos hacerlo”, debemos aprovechar cada minuto. La pobreza de tiempo es una nueva medida de desigualdad que parte de una pregunta: ¿cuánto tiempo nos queda cuando hemos cumplido con aquello que no podemos dejar de hacer? Un tiempo que, en principio, debería pertenecernos, un tiempo sobre el que poder decidir, pero ese umbral casi siempre se vuelve insuficiente.

Estudios científicos han establecido que si disponemos de menos de 170 minutos al día tras cumplir con el trabajo remunerado, las tareas domésticas, los cuidados, desplazamientos y otras obligaciones necesarias, somos pobres de tiempo.

¿Dispones de esos 170 minutos? En la obra 170 minutos (Medio), el sonido del tic-tac programado con el horario de visita a la galería nos indica que el contador está en curso. ¿Hoy serás pobre o rico de tiempo? Relojes de cuerda de otra época y pertenecientes a la memoria familiar (mi abuelo Andrés decidió acumular relojes para alargar o eternizar su tiempo) nos recuerdan que el tiempo contemporáneo no solo parece acelerarse, también se fragmenta. Pero, ¿podemos controlar este tiempo de ocio?

En permanente conexión, se ha desarrollado un software capaz de analizar e interpretar semánticamente noticias reales en tiempo real de diferentes medios de comunicación del país. En cuanto se publica una noticia que reduce nuestra riqueza, el pulso del reloj se acelera, nuestro tiempo disponible, se reduce y nuestro ritmo se duplica. Hoy, probablemente, volvamos a ser pobres de tiempo.

Y es que nos hemos convertido en individuos multitasking. El aumento de la carga de trabajo requiere que tengamos que organizarnos mejor y dividir constantemente nuestra atención entre varias tareas. Pero tranquilidad, los gurús de la eficiencia nos proponen multitud de metodologías de productividad que nos ayudan a optimizar y rentabilizar nuestro tiempo.

En la obra 28 tareas (Fin), el método dominó convierte el tiempo en una secuencia de tareas que deben encadenarse para alcanzar cada vez más resultados. Una acción debe conducir a la siguiente, una tarea, facilita otra, cada minuto encuentra su utilidad en el minuto posterior. El tiempo se convierte en una secuencia de posibilidades. La cadena promete continuidad, pero esa continuidad nunca está garantizada. Lo que parece una estructura de eficiencia contiene también una forma de desgaste y retroceso. Sin darnos cuenta la necesidad de producir más puede interiorizarse hasta convertirse en una forma de autoexigencia que percibimos como libertad.