La flor en la mano

15.5.2026 – 25.6.2026

Ángeles San José

Ana H. del Amo

Trabajan Ángeles San José y Ana H. del Amo en los límites, y operan desde una celebración de sus respectivas prácticas. Las conozco a ambas. Hemos trabajado juntas en varias ocasiones y podría decir que, con los años, he establecido con las dos una buena amistad. Conozco sus maneras de hablar de aquello que hacen, y coinciden muy a menudo en el modo de presentarlo. Del Amo y San José representan dos momentos muy diferenciados del arte de este país. La segunda inicia su camino cuando los ochenta agotaban, además de la década, los temas. La primera pertenece a una generación quizás demasiado joven en el cambio de siglo y que, cuando le llegó el momento, colapsó Lehman Brothers y se llevó por delante el mundo como lo habíamos conocido. A Del Amo y San José podríamos por tanto catalogarlas como artistas de entretiempo. La pintura de San José es reflexiva. La de ambas lo es, pero cada una a su manera. Podría añadir que la de San José lo es desde un lugar que aborda las fuentes y las exprime. Lectora incansable, observo en mi estantería algunos de los libros que ella me ha ido recomendando desde que nos conocimos, desde que Teresa Lanceta nos presentó. A ella le interesan los límites y significados del color, los espacios en que palabra e imagen no consiguen -o sí- complementarse. Ocurre ahora, cuando observamos la serie de papeles Sub-rosa (2023); ocurría hace unos años, cuando abordó las pinturas tituladas Invisible azul (2019) y, yéndome más atrás, tengo la sensación de que ha ocurrido siempre. San José pone además a prueba las propiedades de unos materiales que elige a la carta, desde un profundo conocimiento, desde una conciencia minuciosa y, desde el reconocimiento de lo que tiene entre manos.

La pintura de Ana del Amo parece ir al revés, siguiendo la senda contraria de la intuición de cualquier espectador medio. De ella siempre me han interesado los intersticios, los espacios entre, esos que ocupan sus esculturas pequeñas que, sin embargo, se empoderan sobre su mesa, como si midiesen tres metros. De Del Amo apenas he visto formatos estándar, ya no telas, sino soportes rectangulares, sea el material que sea. Y cuando esos formatos aparecen, los intersticios cobran una presencia escurridiza. Por ejemplo, ahora, frente a esta serie de papeles al uso, las ceras parecen rodear algo, semejan no querer estar o, quizás, piden permiso para hacerlo. Y sin embargo no es Del Amo una pintora que pida permiso, como tampoco lo es San José. A ambas les basta muy poco para seguir haciendo, pero no por ello podría catalogarlas tampoco de conformistas.
Del Amo y San José han creado un mundo en sus estudios, y no de la manera en que estas cosas suelen decirse. Ellas han configurado un sistema que, pese a todo, les permite seguir haciendo. Seguir teniendo el deseo y la necesidad de hacer.

Ante esto me pregunto: ¿Por qué pintar en 2026? ¿Existe todavía algo que la pintura nos pueda dar? Con sus respectivas maneras de hacer, Del Amo y San José ofrecen una respuesta contundente al enésimo intento de asesinato del medio pictórico. Hay quien vive para matar la pintura y quien vive para denunciarlo. Es inútil, la pintura ni muere ni la matan. Unos porque detestan el ego pintor -no los culpo-, otros porque sin ese ego no hallan su lugar. Y se cuelgan galones, y se pavonean porque quien no se mancha no es artista, y blablablá. Del Amo y San José, que pintan, y que además pintan bien, apenas fruncen el ceño. Suelen hablar de todo -de lo mundano y de lo elevado- y suelen observarlo todo con esa mirada fresca del que ve algo por primera vez. Quizás sea ahí donde encuentro que su hacer -y no porque sea pintura- guarda un valor añadido. Es un hacer necesario, que anida como es obvio en lo caprichoso que el hacer artístico alberga, pero que responde a una función más allá de la curación para ellas mismas. Frente al trabajo de ambas, siento a menudo cierta felicidad. Observo frontalmente, miro de reojo, me detengo en los cantos, en las aristas donde San José pasa la drémel y donde Del Amo parece haber escurrido el pincel con los restos que a este le quedaban. Pintan ambas con desenfado, como restándole importancia y, sin embargo, pocas veces observa uno tanta verdad, tan poca impostura y -todo ello- sin fruncir jamás el ceño.

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Hace tres años, a invitación de Ángeles San José, preparamos juntas una conversación para la clausura de su exposición SUB ROSA. Me topé durante el proceso con un poema de Julián Rodríguez (Coria, 1968 – Segovia, 2019), que se acercaba bastante a la sensación que me provocaba su pintura. Ahora lo extiendo también a lo que la pintura de Ana H. del Amo me sugiere, y siento que no se trata ya de pintar o no pintar, sino más bien de cómo se pasa por el mundo, y el de Del Amo y San José es un pasar decidido y generoso.

Ángel Calvo Ulloa